jueves, 15 de marzo de 2018

DESPUÉS DE LA BATALLA.



El verde prado teñido por la sangre derramada por tantos valerosos hombres, rezumaba un pútrido hedor a muerte, las aves carroñeras daban buena cuenta de los cadáveres. Veíamos por doquier a decenas de personas registrando los cuerpos yacientes en busca de cualquier objeto de valor que pudiesen sustraer de los muertos. Todo ello en medio de un tenue murmullo y de los alaridos de los agonizantes moribundos, que sentían como les abandonaban las fuerzas, como sus almas se prestaban a salir de sus cuerpos, al exhalar los últimos suspiros aquellos desgraciados.
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