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domingo, 13 de mayo de 2018

EL BOSCO.




Un condenado caga monedas de oro.
Otro cuelga de una llave inmensa.
El cuchillo tiene orejas.
El arpa ejecuta al músico.
El fuego hiela.
El cerdo viste toca de monja.
En el huevo, habita la muerte.
Las máquinas manejan a la gente.
Cada cual en lo suyo.
Cada loco con su tema.
Nadie se encuentra con nadie.
Todos corren hacia ninguna parte.
No tienen nada en común, salvo el miedo mutuo.
Hace cinco siglos, Hieronymus Bosch pintó la globalización —comenta John
Berger.
Eduardo Galeano. Espejos.

domingo, 21 de mayo de 2017

EL CARRO DE HENO.




El Bosco se mueve inteligentemente entre la sátira popular del Medievo y la moral propugnada por los humanistas del Renacimiento. En este tríptico el maestro holandés nos dibuja el pecado y sus terribles consecuencias futuras. En el primer panel los ángeles caídos y el pecado de Adán. En el panel central los pecadores entregados al placer. Un proverbio flamenco sentencia: “el mundo es un carro de heno del que cada uno toma lo que puede”. Según Isaías “Toda carne es heno y toda gloria como las flores del campo”. El carro de heno simboliza lo efímero y perecedero. Aldeanos, burgueses, nobles y clérigos se entregan por igual a la rapiña desmedida. En el tercer panel el inevitable castigo en los infiernos.  

jueves, 11 de mayo de 2017

EL JARDÍN DE LAS DELICIAS.



Cuerpos desnudos danzando y riendo, pájaros coloridos de enorme tamaño, cuadrúpedos híbridos, formas oníricas, criaturas antediluvianas pastando en el Edén, bivalvos que saborean a un humano, tenebrismo infernal y lluvia de meteoros ardientes. Un tríptico imposible, con el paraíso en la tabla izquierda y el oscuro infierno en la tabla diestra. En el centro, el Jardín de las Delicias, con todo el mundo entregado al disfrute carnal y al pecado terrenal.

¿Alucinaciones de un loco?, ¿premonición de un visionario? ¿surrealismo medieval? Un pintor que entró por un agujero del tiempo para crear uno de los cuadros más enigmáticos e inquietantes de toda la historia del arte.


El Bosco, Jheronimus van Aken, concibió una obra a medio camino entre el mundo real y la fantasía onírica, un cuadro que haría las delicias de Salvador Dalí y de los prodigiosos dibujantes japoneses de Manga, que quedarían atrapados por las figuras trazadas por el genio holandés.  
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