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jueves, 28 de mayo de 2026

EL EXARCADO DE RÁVENA.

 


 

Primavera del 568, una nueva horda de guerreros germanos, los de largas barbas (longobardos o lombardos) atravesaron los Alpes Julianos, penetrando, sin apenas oposición, en el Norte de Italia. Al frente su rey Alboíno. 



    En 568 los lombardos invadieron el norte de Italia. Avanzaban como una horda salvaje, devastando cuantas localidades atravesaban. Eran arrianos de religión. No tardaron en someter la Italia septentrional, que tomó el nombre de Lombardía. El gobernador bizantino, falto de bastantes fuerzas para resistir a los lombardos, permaneció al amparo de los muros de Ravena. Los bárbaros, luego de conquistado el norte de Italia, se dirigieron hacia el sur, eludiendo Ravena. Sus numerosas hordas se esparcieron por casi toda la península y ocuparon con la mayor facilidad, las ciudades, carentes de defensa. Así llegaron al sur de Italia, tomando Benevento. Si bien no entraron en Roma, ésta se halló rodeada de bárbaros por el norte, el este y el sur. Los bárbaros cortaban toda comunicación entre Ravena y Roma, de suerte que la última no podía contar con socorros del gobernador bizantino de Ravena. Y menos con la ayuda de los emperadores de Constantinopla, más lejanos todavía y atravesando a la sazón, según vimos, uno de los períodos más críticos y turbados de la historia del Oriente. Así, pronto asistió Italia a la fundación de un gran reino germánico: el lombardo. (Alexander Vasiliev. Historia del Imperio Bizantino).



    La invasión de los longobardos planteo al Imperio un reto insuperable, combatir en dos frentes alejados entre sí miles de kilómetros; persas en Oriente, germanos en Occidente. Los éxitos de los lombardos obligaron al imperio a reforzar la presencia y el control de las posesiones en Italia. Para ello se enviaron militares más experimentados y con una autoridad reforzada, de esta manera se prefigura una novedosa administración que se fue asentando en las dos décadas siguientes, que convertía a Rávena en la sede de un comandante con el rango de patricio y el título de exarca. Ningún emperador del siglo VI visitó personalmente las regiones de occidente para observar de primera mano la situación. Siempre se basaban en los informes de hombres de confianza. 



    Los lombardos ocuparon gran parte del montañoso interior de Italia, mientras que las fuerzas imperiales se centraron en la seguridad de los puertos y las ciudades del litoral. Nunca tuvieron capacidad para expulsar a los invasores. Rávena seguía siendo una plaza inexpugnable gracias a su situación entre los pantanosos afluentes del Po. Una dinámica fortaleza que el Imperio eligió para convertirse en la sede de una nueva forma de gobierno, el exarcado de Rávena. 


    Esta nueva e ingeniosa forma de administración consiguió mantener considerables zonas del norte y el centro de Italia dentro de la esfera imperial, ejercer un control monetario eficaz y representar la influencia global de Constantinopla, con todos los vínculos políticos y culturales correspondientes, durante unos ciento cincuenta años.(Judith Herrin. Rávena: capital del Imperio, crisol de Europa).    


    El exarca combinaba los poderes militares y civiles. Según el bizantinista George Ostrogorsky los dos exarcados organizados por el imperio en Occidente, el de Rávena y el de Cartago, sirvieron de experimento de una administración más militarizada, orientada a la guerra, que más adelante se transformaría en los themata orientales. Tras las larga y costosa campaña en Italia, la Pragmática Sanción, subordinaba los elementos judiciales y fiscales a las necesidades del ejército. 



    En esta nueva forma de administración los cargos civiles de alto rango, como los prefectos pretorianos, quedaron subordinados a la autoridad militar. Sin embargo en Constantinopla no se redactó una legislación que sirviese para implantar el nuevo sistema en las lejanas provincias orientales, más bien el sistema evolucionó a partir del nombramiento de cargos militares dotados de amplios poderes y títulos protocolarios de alto rango, como excelentísimo. Eran los gobernadores de enormes regiones que se administraban desde dos centros, Cartago, en el Norte de África y Rávena en la península Italiana. 


    Primer exarca en Rávena , Esmaragdo (585 – 589). El 1 de agosto del 608 aparece por vez primera el título oficial de exarca de Italia “exarchus Italiae”. El título se seguiría utilizando casi ciento cincuenta años para designar al gobernador nombrado en Constantinopla. El exarca estaba autorizado a negociar alianzas y tratados con fuerzas extranjeras (ratificados a posteriori por el emperador), era responsable de la administración del territorio y por supuesto de su defensa. 


    El exarcado de Italia se dividía en dos grandes regiones, el nordeste, con centro en Rávena y el oeste, con centro en Roma. Antiguas vías que cruzaban los Apeninos, y dividían los territorios ocupados por los lombardos, unían las dos ciudades. Las calzadas romanas Flaminia y Amerina, seguían los valles fluviales, ascendían la columna vertebral montañosa italiana y descedían por el otro lado. 


    Dominaba además una importante región en el nordeste, que incluía la Pentápolis, y el territorio que se extendía desde la cabecera del Adriático (Istria) en el norte, hasta la costa oriental adriática, Dalmacia, pasando por Pola. Contaba con la colaboración de oficiales subalternos (tribunos o duques) que comandaban guarniciones en castillos y ciudades fronterizas. 


    Para la defensa del territorio el exarca contaba con fuerzas regulares, que podían verse incrementadas con el ejército de la Pentápolis y de otras regiones. A finales del siglo VI, las tropas acantonadas en Italia procedían del ejército de Narsés o de unidades orientales reclutadas posteriormente. El exarca contaba con el obsequium, una especie de guardia personal que le acompañaba en todas las campañas y actuaba en cualquier situación en que fuese necesaria. 


    El exercitus Ravennatis era la guarnición regular encargada de la defensa de la ciudad, compuesta fundamentalmente por soldados de la zona. Algunas de estas tropas tenían cuarteles en la ciudad y adoptaban el nombre de los barrios concretos en los que se asentaban y se encargaban de defender. Las banderas y estandartes de cada una de estas unidades se custodiaban en una iglesia específica. Eran emblemas de fidelidad muy importantes. A principios del siglo VIII aparece una unidad denominada bandus Ravenna.


    La corte del exarca estaba instalada en el palacio de Teodorico. El exarca ejecutaba las órdenes procedentes de Constantinopla, adonde enviaba informes escritos en griego. Sin embargo, los asuntos locales, se trataban en latín. En Occidente había pocas personas que hablasen, escribiesen o entendiesen el griego. Aunque algunos exarcas dominaban el latín, su uso habitual del griego, lo ponían en desventaja. 


    A medida que el exarcado se fue consolidando, las funciones administrativas se fueron aclarando. En la cúspide el exarca y sus más estrechos colaboradores, que usaban el griego, se encargaban de los asuntos relativos a la guerra y a la paz, lo que podríamos llamar política exterior. Por debajo de ellos se situaba el Gobierno Civil, cuyos miembros usaban el latín, y se dedicaban a gestionar los asuntos locales. Gran parte de esta administración civil y eclesiástica estaba dominada por obispos autóctonos, que nombraban a los sacerdotes de las iglesias de las ciudades y presidían sus propios tribunales para resolver conflictos. El exarcado perduró hasta el año 751 y se sucedieron dieciocho exarcas.



Las autoridades bizantinas de Italia no podían oponer resistencia suficiente a los lombardos, que se habían adueñado de dos tercios de la península. En tales circunstancias, y ante el grave peligro que amenazaba a Italia, el gobierno bizantino decidió fortificar su poder concentrando en manos de los gobernadores las funciones civiles y militares. Al frente de la administración bizantina en Italia fue puesto un gobernador militar con el título de exarca, con residencia en Ravena y al que quedaron subordinados todos los funcionarios civiles. La creación del exarcado de Ravena data de fines del siglo VI, época del emperador Mauricio. La concentración de funciones administrativas y judiciales en manos de la autoridad militar no significaba la supresión inmediata de los funcionarios civiles, que seguían existiendo, paralelos a las autoridades militares, aunque subordinados a ellas. Sólo más tarde las autoridades civiles, según toda probabilidad, desaparecieron, siendo substituidas por las militares. El exarca, como representante de la autoridad imperial, introdujo en su gobierno los rasgos, de esencia imperial, del cesaropapismo, convirtiéndose en arbitro de los asuntos religiosos del exarcado. El exarca, provisto de poderes ilimitados, gozaba de honores imperiales; su palacio de Ravena se llamaba sagrado (Sacrum Palatium, nombre dado tan sólo a las residencias imperiales); cuando el exarca llegaba a Roma se le acogía como a un emperador y el Senado, el clero y el pueblo iban a su encuentro en procesión solemne, extramuros de la ciudad. Todos los asuntos militares, la administración civil, lo judicial y lo financiero dependían del exarca. (Alexander Vasiliev. Historia del Imperio Bizantino).



jueves, 21 de mayo de 2026

SAN APOLLINARE NUOVO.

 

 


Impresionado por los retratos imperiales de la iglesia de San Juan Evangelista, colocados allí por expreso deseo de la emperatriz Gala Placidia, Teodorico ordenó levantar una basílica aún más grande, en las proximidades de su palacio. Hablamos de San Apolinar Nuevo. 



El rasgo fundamental del edificio es su sencillez exterior. Construido con ladrillos y tubos de terracota, los mismos materiales usados en otros edificios de Rávena, el templo presenta estructura de basílica, con tres naves, ábside y arquerías sobre columnata.  Asistimos a la  transformación arquitectónica del Imperio Romano. 

 


  

Pasamos al interior y dejamos Roma en el exterior. La gran nave, revestida de espléndidos mosaicos y bien iluminada, se aleja de la típica basílica romana. Tres franjas de mosaico dorado recorrían por entero la iglesia y por ese motivo la llamaban el Cielo de Oro. 



Construida en el primer cuarto del siglo VI en origen estaba dedicada al Salvador, concebida para el culto arriano. Para su decoración Teodorico encargó una serie de escenas de la vida de Cristo para la franja superior, de sus milagros para el lado Norte y la Pasión para el Sur. 
 

A. Agnello recoge en su libro Liber Ponlificalis Ecclesiae Ravennatis que existía una inscripción en el ábside de la basílica que decía “el rey Teodorico construyó esta iglesia desde sus cimientos y la dedicó al nombre de Jesucristo”.


    Adyacente a la basílica San Apollinare Nuovo se encontraba el palacio de Teodorico. Estamos posiblemente ante la basílica palaciega. Posiblemente la iglesia arriana más importante de la ciudad. La basílica de Santa María la Mayor en Roma fue el modelo seguido para levantar San Apolonar Nuevo. 



Cuando los bizantinos conquistaron la ciudad y como ocurrió con otros edificios arrianos, la basílica fue reconsagrada al santo Martín de Tours, hombre conocido por combatir las herejías. No fue dedicada a San Apolinare hasta el año 856. Esta tardía dedicación explica la ausencia del santo en los mosaicos. 

    La iglesia del Cristo Salvador de Teodorico fue objeto de una modificación en los mosaicos, en los que se eliminaron las imágenes de Teodorico y su esposa Audofleda, que encabezaban cada una de las procesiones de santos. San Martín de Tours pasó a encabezar la procesión masculina, y Santa Eufemia la femenina. La elección de San Martín no fue baladí, el santo de Tours se había opuesto al arrianismo, convertido entonces en símbolo de la fe católica triunfante. 



Las dimensionas de la nave central, (mayor que la basílica romana) reforzada por la iluminación, contribuyen a esa sensación de espacio abierto, lejos del recogimiento de las pequeñas iglesias del románico rural. Dos filas de doce columnas cada una, separan la nave central de las laterales. Sus capiteles son hojas de acanto, y podemos presumir su procedencia, Constantinopla, capital imperial. 

    A partir del siglo XV la basílica sufrió importantes modificaciones; se elevó el piso, se construyó un ábside que fue decorado con estuco barroco y el antiguo nártex fue reemplazado por el pórtico. 



Las paredes de la nave central aparecen cubiertas por completo de espléndidos mosaicos, dispuestas en tres franjas diferentes en sentido longitudinal. Los temas y estilos representados en cada mosaico resultan complementarios. 

    En las más alta, pegada al techo, episodios del ministerio de Jesús. Vida y parábolas de Jesús, en un lado, y escenas de la pasión en el otro. Es muy complicado poder apreciar los detalles si no se cuenta con unos prismáticos y una cámara con un buen zoom. 

    

    La intermedia, de unos 3 metros de altura, los mosaicos se encajan en los huecos que quedan entre las ventanas. Dieciséis figuras vestidas a la manera romana, con las túnicas de los filósofos, fusión de la practicidad romana y el espíritu griego. Podrían ser profetas o padres de la iglesia, pero al no existir inscripción alguna, ni ningún otro símbolo relevante, es imposible su identificación. Portan libros y rollos de papiro. 

        En el nivel inferior, el situado más cerca del espectador, dos procesiones, de santos y mártires, masculinas al norte, femeninas al sur. Avanzan desde el extremo Oeste (Entrada) hasta el Este, al encuentro de la Virgen y del Salvador. Representación también de las ciudades hermanas, gemelas, de Classe y Rávena. 

 


 





    Panel de la izquierda. Procesión de veintidós vírgenes, identificadas cada una de ellas con su nombre escrito en latín. Cada una porta una corona. Encabezan la comitiva los tres reyes magos que portan las tres ofrendas; oro, incienso y mirra. Representados utilizando una riquísima paleta de colores, y con gesto de arrodillarse. La procesión comienza en Classe, el puerto de Rávena. Identificado por la inscripción latina Civitas Classis. Podemos apreciar tanto la ciudad de Classe como el propio puerto. El destino es la Virgen María con el Niño sentado en su regazo. Flanqueados por cuatro ángeles.

 





    Panel de la derecha. Una procesión de veintiséis mártires, identificados mediante inscripciones en latín, así como sus orígenes geográficos. La procesión está encabezada por San Martín, que aparece vestido con un manto púrpura sobre la túnica blanca. En este caso la procesión parte del palacio de Teodorico, que tiene una inscripción, PALTIVUM. A la izquierda del palacio una puerta con la inscripción Civitas Ravennae. A la espalda del palacio una representación idealizada de la Rávena de la época. El destino de esta procesión es Jesús, rodeado de ángles, entronizado como Rey del Cielo, y en actitud de bendecir. 



    El famoso mosaico de los Reyes Magos tuvo que ser restaurado en el siglo XIX, debido a los daños que sufrió el muro norte. Los restauradores utilizaron las precisas descripciones de Agnelo. El color de sus ropajes está íntimamente vinculado con los presentes. Gaspar ofrece oro y viste un traje rojizo que simboliza el matrimonio. Baltasar lleva incienso y viste de amarillo, símbolo de virginidad. Finalmente Melchor trae mirra y lleva un traje multicolor, alusivo a la penitencia. La carga simbólica de los presentes: Oro: riqueza regia, Incienso el sacerdocio y la mirra, la muerte. Todos ellos son símbolos de Cristo. Para Agnelo el número de regalos es clave, la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los pantalones son los únicos elementos originales del mosaico. En origen los reyes magos ceñían coronas, que posteriormente fueron reemplazadas por gorros frigios. 



Los artesanos. Se ha especulado mucho, y se seguirá haciendo, sobre la identidad de los artesanos que crearon estas maravillosas obras de arte. Tanto de los constructores del templo como de los mosaquistas que lo ornamentaron. ¿De dónde procedían, Constaninopla o Roma?. ¿Tal vez eran artesanos locales, descendientes de aquellos que levantaron las iglesias de Gala Placidia y del obispo Neón?. No obstante sabemos de las existencia en Rávena de cuadrillas de trabajadores expertos y cualificados, que habían levantado y decorado, durante generaciones, edificios civiles y edificios religiosos. 



martes, 19 de mayo de 2026

TEODORICO EL GRANDE, REY DE RÁVENA.




Occidente ha caído, Roma se tambalea y Rávena coge el testigo. El rey Teodorico está decidido a embellecer, aún más, la ciudad, y consolidarla como centro de su poder. El ostrogodo tiene personalidad suficiente para mirar a los ojos al emperador de Oriente. En palabras del célebre medievalista Le Goff “es el más logrado, el más seductor de los bárbaros romanizados”. 




Su nombre era Teuderico, onomástica habitual entre los godos, helenizado como Theuderijos, pero para la mayoría de las historias modernas, Teodorico. Su figura se transformó en una leyenda dentro del mundo germano. Por ejemplo, su nombre aparece, junto a un elogio escrito en islandés antiguo, en la Piedra de Rök (c. 800), en Suecia, probablemente la patria original del pueblo godo.



Los miembros de una tribu se consideran descendientes de un antepasado dibujado con tintes míticos, un personaje que cabalga entre la historia y la leyenda, y Teodorico formaba parte de la estirpe de Amal, semidios en un país de brumas y aguas violentas. Los escaldos cantaban la genealogía de Amal, un linaje que después de trece generaciones desembocaba en Teodorico. En la cosmovisión goda, los descendientes de Amal, los Amalos, eran reyes por su ascendencia divina. Entre los Francos, Meroveo, y sus descencientes, los merovingios, encarnaban ese mismo concepto. 



Cuando Teodorico llegó al mundo, Atila, azote de dios, ya lo había abandonado y los ostrogodos habían recobrado su independencia tras la victoria en el campo de batalla de su tío Valamiro (hermano de su padre) frente a los hunos. Teodorico era hijo del rey ostrogodo Teodomiro y su concubina preferida.  Para mantener las buenas relaciones con el Imperio, Teodomiro tuvo que dejar marchar al Teodorico niño como rehén a Constantinopla. 


Así que Teodorico es entregado como rehén por los godos y es llevado a la ciudad de Constantinopla ante el emperador León, y como era un niño agradable se ganó el favor imperial. (Jordanes, Gética, LII). 

 


Estaba entre ellos el hijo del rey. Se llamaba Teodorico, que significaba «jefe de pueblos», y tenía siete años; era un hermoso niño rubio con grandes ojos de color azul claro. Su madre, Erelieva, había sido concubina de Teodomiro, que la había conocido en el campamento de Atila. Así, el pequeño Teodorico creció entre guerreros godos. Sabía cabalgar, había aprendido a manejar el arco y era un buen cazador. La espada era su juguete preferido. Dormía, como el padre, bajo la tienda, junto a su caballo. Allí, en las tibias noches de estío, los cantores ambulantes le contaban las antiguas sagas nórdicas y le leían la Biblia traducida por el sabio Ulfilas. El día de la partida hacia Constantinopla, Teodomiro le regaló su puñal y una escolta de godos lo acompañó hasta el Bósforo.

Teodorico siempre había vivido en la pradera, entre carros, rebaños y caballos, y nunca había visto una ciudad. Bizancio era la mayor metrópoli del mundo. Tenía casi un millón de habitantes y su corte era fabulosa. Teodorico quedó deslumbrado por la profusión de oro y mármoles y laabundancia de alfombras y tapices. El emperador León lo recibió en la sala de la corona, sentado en un trono desproporcionado, bajo un baldaquino de damasco, del que pendían dos pájaros mecánicos. (Historia de la Edad Media. Indro Montanelli y Roberto Gervaso). 



Teodorico pasó su niñez en Constantinopla como rehén. Una práctica tradicional a lo largo de toda la historia. Su formación tuvo lugar en el seno del Imperio de Oriente. Aprendió griego y latín, y los modales que se requieren para la vida cortesana. Aprendió también como funcionaba la administración romana y la forma en que se preparaba el ejército romano para la guerra. Como joven inteligente que era, Teodorico no tardó en comprender la situación de debilidad de los emperadores en comparación con los líderes militares. Pero también aprendió una lección muy importante, los no romanos, a pesar de su superioridad en el campo de batalla, necesitaban la tecnología, la moneda y su acuñación, la organización militar y el dominio de la ley y el derecho. En la mente del muchacho empezó a fraguar una idea, unificar lo mejor de ambos mundos. 
 

“Este Teodorico había dejado ya atrás su infancia y había entrado en la juventud, pues acababa de cumplir los dieciocho años. Convocó a algunos de los hombres de confianza de su padre y los unió a otros clientes suyos y gentes del pueblo que lo apreciaban mucho hasta juntar casi seis mil hombres. Sin que lo supiera su padre, cruzó con ellos el Danubio y se dispuso a atacar al rey sármata Babai, que reinaba entonces henchido de orgullo por su victoria sobre el general romano Camundo. Teodorico cayó sobre él, lo mató, tomó como botín de guerra a su familia y sus bienes, y volvió victorioso al lado de su padre. Después conquistó la ciudad de Singiduno, que habían invadido los sármatas, y no se la devolvió a los romanos, sino que la colocó bajo su propia autoridad”. (Jordanes, Gética, LV). 
 

Con unos 18 años el emperador, León II, lo envió de vuelta a la tierra natal, en la Panonia, la región del lago Balatón, donde su padre lo designó sucesor. Uno de sus primeros golpes de mano fue conquistar Singidinum (la actual Belgrado) durante una campaña que lanzó contra los sármatas. Para irritación de las autoridades de Constantinopla se negó a renunciar a ella. (No obstante, los bizantinos recuperaron la ciudad en el 488). Teodorico estaba decidido a materializar su independencia y a comenzó a contar sus años de reinado a partir de esta conquista, probablemente porque fue proclamado rey por sus tropas después de esa victoria. 



En el año  488 se firma un pacto entre Teodorico y el emperador Zenón. La diplomacia oriental consiguió de nuevo desviar el peligro germano hacia Occidente. Zenón tenía a los ostrogodos de Teodorico asentados en los Balcanes, y campando a sus anchas, a pesar de ser aliados (foederati). Saqueaban territorio del imperio y amenazaban Constantinopla. Aunque también es cierto que Teodorico no tenía las fuerzas suficientes para asaltar la ciudad. Los ostrogodos de Teodorico sufrían penalidades y necesitaban tierras para cultivar. A Zenón le molestaba la presencia Odoacro en Italia que reinaba a su bola. El pacto no fue ni más ni menos, que el permiso de invadir Italia. Teodorico tenía vía libre para invadir Italia en nombre del emperador como magister militum. Si lograba vencer reinaría en Italia hasta que el emperador pudiese acudir en persona.  Desde sus bases en Mesia (actual Rumanía) emprendió la larga travesía del abrupto territorio de los Balcanes hasta llegar a los Alpes, cruzarlos y penetrar en Italia por el nordeste. Teodorico llegó a Italia no como invasor, sino como representante de la autoridad imperial romana. 

Odoacro, dueño de Italia, se conducía de una manera cada vez más independiente. Zenón no lo ignoraba. Pero no le pareció oportuno marchar contra él en persona a la cabeza de sus tropas y decidió castigarle por medio de los ostrogodos. Éstos, a partir de la disgregación del Imperio de Atila, vivían en Panonia, desde donde, conducidos por su rey Teodorico, ejecutaban incursiones devastadoras en la península balcánica, amenazando la misma capital del Imperio. Zenón logró desviar la atención de Teodorico hacia las ricas provincias de Italia. Así daba dos golpes con una piedra, desembarazándose de sus peligrosos enemigos del norte y resolviendo, con ayuda de una fuerza extranjera, las dificultades suscitadas por el indeseable gobernador de Italia. En cualquier caso, Teodorico era menos peligroso en Italia que en los Balcanes.(Historia del Imperio Bizantino. Alexander A. Vasilliev). 

    Año 489 mientras Odoacro reina en Rávena, un gran contingente de godos, guerreros, mujeres y niños, avanza desde la llanura panónica hasta el Norte de Italia, a través de los Alpes Julianos. Al frente su rey Teodorido. El pueblo errante, el éxodo de los godos. Teodorico conduce a su pueblo a la tierra prometida. Análogo a Moisés. 
 


En la gran migración de los godos de Teodorico participaron 20.000 guerreros, y cerca de 80.000 familiares. Por supuesto estas cifras son únicamente aproximadas. Este enorme contingente debía desplazarse con lentitud por el terreno. Avanzar despacio por los Balcanes siguiendo el curso del río Danubio. Viajaban con el permiso del emperador que veía con tranquilidad como tan formidable ejército se alejaba de Constantinopla. Tras un enfrentamiento con los gépidos Teodorico ordenó levantar un campamento para pasar el invierno. Cuando el tiempo era propicio los ostrogodos continuaron la marcha hacia el norte siguiendo el Sava y posteriormente giraron hacia el oeste, atravesar los Alpes Julianos y penetrar en Italia durante el verano del 489.     
 


Odoacro le salió al encuentro, con un ejército igual de formidable pero menos homogéneo que el de su rival. La batalla tuvo lugar en el río Isonzo, en el límite actual entre Eslovenia e Italia. Esta fue la primera prueba de fuerza entre los dos potentes adversarios. Teodorico cruzó el río por sorpresa para tomar a su enemigo por la espalda, logrando una victoria sangrienta y abrumadora.
 

Teodorico había cruzado el Soncino. Ahora ya no interceptaba su camino ningún otro río de nacimiento tempestuoso entre montañas y de curso tortuoso a lo ancho de comarcas inundadas, sino algunas ciudades fortificadas, las primeras de las cuales eran Verona, Ticino y Mediolánum... y finalmente, Ravena. Teodorico tenía que contar con guarniciones fuertes, grandes unidades de tropas y un sistema avanzado de defensa. Pero había ganado la primera batalla... y el abandonado campamento de Odoacro fue el primer importante botín de guerra en Italia, que sirvió de compensación de muchas penalidades. (Rávena fue la tumba de Roma. László Passuth). 

    Tras las derrota del Isonzo. Odoacro se replegó hacia Verona, y hasta allí lo persiguió Teodorico, obligándolo a huir de nuevo. El dominio de Odoacro sobre el Véneto había finalizado. Odoacro se dirigió a Rávena mientras Teodorico continuaba sometiendo el Norte de Italia, incluyendo la ciudad de Mediolanum. El duelo se debía resolver en Rávena. 

    Ravena estaba protegida por el mar, los pantanos y los bosques de pinos. Una única y estrecha calzada la comunicaba con la tierra firme propiamente dicha, que en la época de la crecida era el único camino transitable. Odoacro tenía aún los guerreros suficientes para defender este camino en cualquier momento. Desde cualquier otro sitio, Ravena era inexpugnable. En Classis, el puerto militar, estaban anclados los barcos suficientes para impedir un desembarco. Dos gigantes que se amenazaban mutuamente, eran víctimas del hambre. El asedio había entrado en su tercer año, y de haber contado Odoacro con víveres abundantes, el fin aún no hubiera podido preverse.(Rávena fue la tumba de Roma. László Passuth). 


    Teodorico la sometió a un largo asedio, las defensas repelían los asaltos, y la ciudad era abastecida por mar, mientras que Odoacro realizaba continuas incursiones de castigo sobre el campamento de los ostrogodos. Teodorico recibió barcos de los vándalos y  pasó a dominar el Adriático, cortando los suministros que llegaban a Ravena. Situación de bloqueo. 



Cuando lo ve Odoacro, se atrinchera en el interior de la ciudad y desde allí acosa al ejército godo con frecuentes salidas por sorpresa durante la noche. Y esto no lo hizo una vez ni dos, sino muy regularmente por espacio de tres años. Pero sus esfuerzos eran en vano, porque toda Italia reconocía como señor a Teodorico y todo aquel Estado obedecía a su voluntad. Tan sólo él, con unos pocos adláteres y algunos romanos que lo acompañaban, sufría a diario refugiado en Ravena por causa del hambre y de la guerra. Y como vio que no conseguía nada envió una embajada pidiendo perdón.
    Teodorico se lo concedió en un primer momento, pero después le quitó la vida. Y así fue como al tercer año de su entrada en Italia con el consentimiento del emperador Zenón, Teodorico se quitó la vestimenta de hombre particular y miembro del pueblo y recibió el ilustre manto real que lo acreditaba como rey de godos y romanos. (Jordanes, Gética). 

En febrero de 493 el obispo Juan de Rávena conseguía un solución diplomática, Teodorico y Odoacro ocuparían la ciudad y reinarían juntos sobre Italia. Unos días después Teodorico asesinaba con sus propias manos a Odoacro, tal vez ordenó a alguno de sus esbirros que lo hiciera.  Nuevamente Teodorico se adelantaba a su rival. 

    Teodorico marchó sobre Italia, batió a Odoacro, se apoderó de Ravena, principal plaza fuerte del vencido, y, a la muerte de Zenón, fundó en la península itálica un reino ostrogodo con capital en la misma Ravena. La península balcánica se había desembarazado definitivamente de los ostrogodos. (Historia del Imperio Bizantino. Alexander A. Vasilliev). 

    


Desde Rávena, Teodorico se dedicó a reconstruir el Imperio Romano de Occidente, siempre bajo la autoridad (al menos teórica) de Constantinopla.  Se rodeó de consejeros romanos, Liberio, Casiodoro, Símaco y Boecio, que le auxiliaban en las tareas de gobierno, consiguiendo que Italia conociera una nueva edad de oro. Con cuarenta años, Teodorico, sentado en el trono de Rávena, gobernaba sobre un extenso territorio: dueño de Italia, teórico soberano de Roma, señor del sur de Italia y de la isla de Sicilia, además de partes de Istria, el sur de la Galia y Dalmacia. Teodorico hizo ostentación de todos los elementos simbólicos de autoridad regia; autodenominándose Rex y Princeps, acuñando moneda y utilizando en ellas dichos títulos. 
 


El único retrato que existe de Teodorico es un sólido triple conmemoratico acuñado en Roma. El rey aparece con ropajes y pose imperiales y el peinado típido godo. Figuran sus títulos; Príncipe piadoso y siempre invencible de un lado, y vencedor de los bárbaros en el otro. En las monedas también puede leerse el lema Feliz Ravenna. 
 


Un líder no romano novedoso, completamente diferente de todos los líderes que habían gobernado Italia desde principios del siglo V.  Dominaba el latín y el griego lo suficiente para poder entender lo que decían y escribían los senadores y romanos cultos, pero seguía siendo un líder germano que se dirigía a su pueblo utilizando su misma lengua. Comprensivo y tolerante, a pesar de su fe arriana, nunca intentó nada contra la comunidad católica ravanesa. Soldados godos en particular, y germanos en general, formaban la guarnición militar de la ciudad, mientras que encontró un importante apoyo entre los sacerdotes arrianos. Sin embargo los puestos de la administración quedaron en manos de los romanos. Bajo su reinado Rávena se convirtió en un destacado centro cultural.

 
 

La corte de Teodorico en Rávena se convirtió en un centro de mecenazgo que atrajo a intelectuales  sabios, artistas y constructores. Incorporó a varios funcionarios y diplomáticos cualificados que ya había colaborado con Odoacro. El médico era el diácono Elpidio, Liberio fue un comandante romano de gran experiencia que entre otras acciones, gestionó el establecimiento de los godos en Italia, Casiodoro el Viejo y su hijo Casiodoro el Joven, principal portavoz del rey Teodorico. La figura más relevante, desde el punto de vista cultural, fue Boecio, traductor de Platón, Pitágoras, Aristóteles, Ptolomeo, Nicómaco, Euclides y Arquímedes del griego al latín. La presencia de estos sabios que rodeaban a Teodorico, distinguieron a Rávena de otros centros de poder germánico. 


 


    La corte de Teodorico era también el centro de una intrincada red de conexiones diplomáticas que se extendían por toda la mitad occidental del mundo romanogermánico. Utilizó los enlaces matrimoniales como medio para reforzar alianzas, compromisos y evitar la guerra. Teodorico se casó con la hija o la hermana del rey franco Clodoveo, y casó a sus hijas y hermanas con nobles de otros pueblos germanos.  La red familiar de Teodorico mejoró su estatus y le ayudó a evitar algunas guerras, pero no era infalible. No pudo frenar a su cuñado Clodoveo sus ansias expansivas sobre visigodos y alamanes.

    El poder de Teodorico era tal que llegó a nombrar a un papa, Félix IV. Había accedido al solio ponfificio gracias a la mediación de Teodorico que intervino en una disputa por la elección. 

    Impresionado por los retratos imperiales de la iglesia de San Juan Evangelista, colocados allí por expreso deseo de la emperatriz Gala Placidia, Teodorico ordenó levantar una basílica aún más grande, en las proximidades de su palacio. Hablamos de San Apolinar Nuevo. 

    Pero como Teodorico había llegado ya a la vejez y se daba cuenta de que dejaría pronto este mundo, convocó a los condes godos y a los más notables de su reino y proclamó rey a Atalarico, que era todavía un niño que no había cumplido los diez años, hijo de su hija Amalasunta y huérfano de su padre Eutarico. (Jordanes. Gética). 

     A su muerte fue sucedido por su hija Amalasunta que gobernó en calidad de regente. 


    Teodorico, rey políglota, un germano educado en la corte bizantina, mitad guerrero, mitad erudito, su largo reinado permitió integrar los elementos bárbaro y romano en un crisol llamado Rávena. Las tres claves de su éxito se basaron en su eficacia como comandante, su clarividencia política y la su profunda comprensión de los ideales romanos. 


    Teodorico, una vez consolidada su posición en Rávena, hizo gala de su capacidad diplomática y se convirtió en mediador y referente del nuevo mundo germánico. Los bárbaros de Occidente se habían alarmado con la victoria de Teodorico; pero cuando vieron que estaba satisfecho con su conquista y ansiaba la paz, el temor se transformó en respeto, y se sometieron a su poderosa mediación, encaminada al elevado propósito de zanjar sus reyertas y civilizar sus costumbres. Los embajadores que llegaban a Ravena desde las regiones más distantes de Europa se admiraban de su sabiduría, magnificencia y cortesía; y si a veces aceptaba esclavos, armas, caballos blancos o animales extraños, sus regalos —un reloj de sol o de agua, un músico— mostraban a los príncipes de Galia la maestría de sus súbditos italianos. Las alianzas familiares —su mujer, dos hijas, una hermana y una sobrina — emparentaron a su familia con los reyes de los francos, los borgoñones, los visigodos, los vándalos y los turingios, y contribuyeron a conservar la armonía o, por lo menos, el equilibrio de la gran república de Occidente. (Edward Gibbon. Historia de la Decadencia y Caída del Imperio Romano. Tomo III). 

martes, 5 de mayo de 2026

SAN VITAL DE RÁVENA, EL CRISOL DE UNA ÉPOCA.

 



San Vital en Rávena, un crisol donde Oriente se mezcló con Occidente, y la Antigüedad comenzó poco a poco a transformarse en Edad Media. 

 


Y sigue habiendo quien se empeña en hablar de Edad Oscura o Época de Tinieblas para referirse a la Edad Media Occidental. 

 


La iglesia de San Vital de Rávena es la simbiosis perfecta entre Oriente y Occidente, la Hélade y el mundo latino, la fusión de los espíritus romano, germano y paleocristiano, y el punto geográfico exacto donde la Antigüedad se transforma en Edad Media. Los Césares de Roma, olvidados los laureles del triunfo y abandonada la Caput Mundi, se bajaron del trono. Llegaba el turno de los godos, bajo la atenta mirada de los basileus bizantinos.

 


La construcción de San Vital, y también la de San Apolinar in Classe, fueron iniciadas durante el reinado de Teodorico (493 - 526), con los fondos monetarios donados por un banquero local. Ambas fueron concluidas después del 540. 

 


Consagrada por el obispo de la ciudad, Maximiano, en el año 547, reproduce el modelo preferido de la arquitectura bizantina de planta centralizada y gran cúpula central sostenida por pilares y columnas.

 




San Vital se relaciona con la iglesia de San Sergio y San Baco de Constantinopla, que forman parte del ambicioso proyecto constructivo de Justiniano, con su planta octogonal (de evidente sentido simbólico), exedras de dos pisos con columnas, cubierta por una cúpula ligera, y rodeada por una nave. Posee además un ábside y un nártex. Es posible que el obispo Ecclesius, que viajó a Constantinopla al frente de una embajada, regresara a Rávena con los planos de San Vitale. E incluso pudo llegar acompañado por un maestro de obras o un arquitecto. Un monumento bizantino en su concepción pero occidental en su ejecución. Se aleja de la influencia romana, pero no abandona cierta concepción occidental, como la articulación racional de los espacios y las proporciones esbeltas con altísimos pilares que acentúan la verticalidad. 

 



Cada uno de los niveles de exedras está formado por tríos de arcos separados entre sí por dos pares de columnas. Columnas y exedras dinamizan el conjunto, creando un gran dinamismo de entrantes y salientes.  

 



 

La cúpula central no conserva los mosaicos originales, sino una decoración pictórica barroca del siglo XVIII. 
 

 


Este modelo arquitectónico fue adoptado por el arte carolingio para erigir la fastuosa capilla palatina de Aquisgrán, consagrada en el 805. 

 



"El octógono central con tribunas en el piso superior (destinadas a las mujeres) tal vez derivara de la capilla del palacio imperial de Constantinopla. Sea como fuere, la sencilla claridad de la basílica y de las plantas circulares o cruciformes de los cristianos primitivos había sido sacrificada a un diseño que, por medio de un juego sutil de llenos y vacíos, entre espacios brillantemente iluminados o en penumbra, confiere a San Vitale una sensación de suspense y maravilla. Sus afinidades con los edificios contemporáneos de Constantinopla son tan manifiestas que puede considerársela bizantina. Ello refleja un cambio en la situación política, ya que, tras su reconquista por los ejércitos de Justiniano, Italia pasó a ser una mera provincia de un imperio cuyo jerarca residía en Constantinopla y no hablaba latín". (Historia del Arte. H. Honour y J. Fleming). 

 


Las obras de San Vital las comenzó el obispo Eclesio durante los últimos años del reinado de Teodorico, y fue precisamente este prelado el responsable de la insólita planta octogonal del templo. (Y no era templario. El que quiera entender que entienda).  Antes de fallecer, Eclesio se aseguró de ser inmortalizado junto a Cristo en el mosaico del ábside, identificado con su nombre. Eclesio es representado como ideólogo del tempo y sostiene entre las manos una maqueta de su iglesia octogonal.  ¿De dónde sacó Eclesio la inspiración para unas características tan novedosas?. 
 


Cuenta la tradición que la inspiración de Eclesio fue la visita a Constantinopla en el 525 como miembro de una embajada enviada por el rey Teodorico. Los miembros de la embajada pudieron admirar las principales iglesias de la ciudad; la de los Santos Apóstoles (con el mausoleo anexo), y la basílica de Santa Sofía, que aún no tenía el aspecto que conocemos en la actualidad. Ninguno de estos edificios tenía planta octogonal. Sin embargo esa disposición se encuentra en varios edificios paleocristianos en Jerusalén, como las iglesias de la Anástasis y de la Ascensión, cuyas cúpulas se reprodujeron en muchos de los edificios con cúpula de la cristiandad primitiva, incluyendo, por supuesto, San Vital. La innovadora planta de San Vital, como la de la contemporánea de los Santos Sergio y Baco en Constantinopla, probablemente deriven de la práctica constructiva oriental que circulaba por el mundo mediterráneo en el siglo VI.   

  
La construcción de San Vital se prolongó en el tiempo, durante los obispados de Ursicino, Víctor y Maximiano, que terminó y consagró la iglesia. Las obras se realizaron durante unas décadas convulsas, la regencia de Amalasunta, las guerras góticas y la conquista bizantina. El sucesor de Eclesio, Ursicino fundó la basílica de San Apolinar en Classe. Sería Víctor quién se hizo cargo de continuar la construcción de San Vital, probablemente tras la conquista de la ciudad por los bizantinos.
 


   

Un personaje notablemente rico, Juliano el Argentario, cuyo nombre aparece en varias inscripciones, fue uno de los principales donantes de la iglesia. Invirtió gran parte de su fortuna para sufragar los proyectos arquitectónicos del obispo Víctor. Aportó veintiséis mil sólidos para la construcción de San Vital. También apoyó la construcción de San Apolinar en Classe. El término argentario se utilizaba para referirse a los cambistas, personas que proporcionaban calderilla a quienes deseaban transformar sus sólidos de oro en monedas de bronce que se utilizaban para las compras.  Argentario era cambista, banquero y prestamista. 
 


 Se accede al presbiterio a través de un arco triunfal en cuyo intradós aparecen medallones en los que se representan apóstoles y santos. Como Protasio, uno de los hijos de San Vital. 



No pueden faltar las representaciones de los evangelistas, los portadores de la buena nueva, cada uno de ellos con sus símbolos. 

 


Un tema relacionado con el sacrificio, Abel, vestido como pastor, ofrece un cordero, del otro lado, Melquisedec, sale del templo y ofrece el pan. Entre los dos se dispone una mesa y sobre la mesa el cáliz que contiene el vino. Por encima de ellos la mano de Dios que ofrece la bendición.  

 


Los artistas bizantinos (mitad romanos, mitad griegos) utilizaron con maestría la técnica del mosaico para embellecer el interior de los edificios. A la técnica usada por los romanos sumaron la delicadeza, el lujo y la sofisticación de Oriente. La luz que se filtra por vanos y ventanas reverbera sobre los brillantes mosaicos creando una atmósfera mística y por momentos, sobrenatural. Al que los contempla se le llenan los ojos de belleza. En este templo de San Vital se conservan algunos de los mosaicos bizantinos más apreciados por su ejecución y excelencia artística. En el interior de la iglesia los mosaicos se distribuyen siguiendo una disposición jerárquica. En zócalos, paredes y pechinas se representa el ámbito terrenal y humano. Los techos, cúpulas y la bóveda del ábside, constituyen la esfera celestial, y como tal quedan reservados para la divinidad.

 


Si elevamos la vista hacia el firmamento, mirando al frente, en la concha del ábside, se materializa el Cosmocrátor, gobernador del mundo, de todo lo que existe, entronizado sobre un Orbe, el Cosmos, finito y abarcable, flanqueado por dos ángeles. Un Cristo imberbe, de límpido rostro, vestido con la púrpura imperial, ofrece a San Vital la corona del martirio. En el lado opuesto el obispo Ecclesius, fundador del templo, sostiene la maqueta del edificio. La escena se ubica en los floridos prados del Edén, regados por las aguas puras y cristalinas de los cuatro ríos. Sobre el ábside dos ángeles sostienen un medallón, con la letra alfa grabada (más bien crismón). A un lado Belén, y al otro Jerusalén, los puntos que marcan el inicio y el final de la vida terrena de Jesús. 

 


El interior de la iglesia nos transporta a la caverna, al templo primigenio, al lugar en que se fusionan las dos esferas de la existencia. Pasamos en un abrir y cerrar de ojos de Altamira o Lascaux a San Vital. En la parte inferior de las paredes del ábside nos trasladamos de la Corte Celeste a la Corte terrenal del emperador Justiniano y su esposa Teodora. Un espacio para la mística, pero también para la exaltación del poder de la pareja imperial, que de esta manera busca (y consigue) acercarse a la eternidad.

 


Emperador y emperatriz se sirvieron de estas imágenes para reafirmar su poder. Ambas figuras ocupan un lugar central en sus respectivos paneles, y sus aureolas reflejan su especial relevancia en el ámbito espiritual y en el humano. Justiniano deseaba ser visto como el décimo tercer apóstol, destinado a conseguir el triunfo definitivo del Reino de Cristo sobre la Tierra. Intención de los mosaicos imperiales, glorificar a Justiniano y a Teodora, y la institución de la autocracia imperial. Y sin embargo, Teodora y Justiniano, nunca estuvieron en Rávena. 

 


Un cortejo imperial se dirige en procesión, con solemnidad y boato, desde el presbiterio hacia el altar, al encuentro con el Creador, fusionarse en la Jerusalén Celeste, alcanzando una especie de nirvana cristiano. Las personas que integran ambos mosaicos dan forma a una procesión imaginaria, pues nunca estuvieron juntas. Emperador y emperatriz hacen ostentación de su poder terrenal y (casi) divino, y realizan una ofrenda para celebrar la inauguración de la iglesia de San Vital, comenzada durante el dominio ostrogodo y finalizada ya en periodo bizantino. El naturalismo propio del arte clásico cede paso a una representación hierática y solemne de los personajes, en consonancia con la tradición oriental. Podíamos estar mirando a un soberano persa de la dinastía aqueménida. El creyente se arrodilla ante la divinidad, y por extensión, también a los pies del emperador. Figuras que resaltan sobre un fondo dorado, triple símbolo de riqueza, pureza y realeza, la perspectiva es inexistente y los personajes parecen flotar, creando una atmósfera etérea e irreal de atemporalidad. La constante búsqueda humana de la inmortalidad.  

 


El emperador preside el primer mosaico, con un halo dorado sobre la cabeza, viste clámide púrpura, sujeto con una enorme fíbula de oro y joyas y entre sus manos porta su ofrenda, un recipiente de oro. Aparece rodeado por los dos pilares en que se apoya su poder, la Iglesia y el Ejército. Justiniano representado como emperador y también (y eso no podemos obviarlo) como cabeza visible de la iglesia ortodoxa. 
 

 

A su izquierda aparece el obispo Maximiano, identificado con su nombre, y otros dos miembros del clero. Uno porta un libro encuadernado en oro y gemas, y otro un incensario.     Maximiano, identificado con su propio nombre y colocado junto al emperador, indican su posición predominante y tal vez la intención de elevar la categoría de Rávena como patriarcado por detrás de Constantinopla. Un cuarto personaje podría ser Juliano Argentario, banquero que financió la construcción antes de la época de dominio bizantino. A la derecha de Justianiano la representación burocrática y militar, dos personas de alto rango y una facción del ejército. Hay quien ha interpretado que el oficial barbado podría ser Belisario, general que conquistió la ciudad, para mayor gloria del emperador. Un soldado sostiene un escudo con el crismón del Salvador, emblema de Constantino, el primer emperador cristiano de Roma. El marco en que se sitúa la escena está delimitado por elementos arquitectónicos, dos columnas corintias situadas en los extremos, que sirven para vincular la Grecia Clásica con los Imperios (el de Oriente y el de Occidente).  

 



 El séquito de Teodora está formado por damas y eunucos en el momento de la ofrenda. La pedrería que exhibe sin pudor la emperatriz, los anillos y brazaletes de los acompañantes, las cortinas y las bellas túnicas nos dan una idea aproximada de la suntuosidad y magnificencia de la corte oriental. La emperatriz, engalanada con joyas transporta un cáliz de gran tamaño. Las damas se han identificado como Antonia, esposa de Belisario y amiga de la emperatriz, y su sobrina Joannina. Unas identificaciones muy difíciles de corroborar. Circunstancia insólita, una mujer, y además laica, representada en el altar. 


    El extraordinario grado de detalle, el escenario y la autoridad de estos dos retratos de cuerpo entero del emperador y la emperatriz con sus séquitos en San Vital han desempeñado desde entonces, aunque solo sea por su supervivencia en un lugar tan emblemático, un papel clave en la imaginación del poder. Aquí podemos ver el despliegue completo de la vestimenta y las joyas imperiales oficiales, que se remonta a la adopción por parte de Diocleciano de las insignias reales y las túnicas púrpuras de los persas. Las coronas, los orbes y los cetros asociados a este estilo de vestimenta ceremonial han llegado hasta nuestros días en los rituales de las cortes de todo el mundo y en el atuendo oficial de sumos sacerdotes, papas y obispos. (Judith Herrin).


 Estos magníficos mosaicos contribuyen a hacer palpable la sensación de espacio sagrado, lleno de significación religiosa donde la intensidad del color, el brillo del oro y la luz, que llega suave y tamizada, diseñan un efecto sobrenatural. 

 



Los bizantinos utilizaron los mosaicos con un sentido aristocrático, intelectualista y docente, al tiempo que heredaron la tendencia oriental de llenar totalmente las superficies. El resultado es una brillantez abrumadora. El mosaico como el reflejo misterioso de un mundo sobrenatural en el que ocupaba un lugar destacado el emperador como representante de Dios en la Tierra. 
 



La profusa decoración del interior de San Vital se complementa con hermosos ornamentos, como los cimacios que aparecen sobre los capiteles hábilmente labrados, en forma de pirámide invertida y truncada.  

 




Durante cientos de años, en todo el territorio del Imperio Romano se confeccionaban mosaicos, sin embargo, los de Rávena se emplean de forma singular y novedosa, en lugar de decorar el pavimento de las prósperas villas romanas, pasarán a dar luz, brillo y gran vistosidad a muros y ábsides de las iglesias, que se convirtieron en el centro de atención. El otro cambio, sustituir los fondos blancos por el suntuoso dorado. El mosaico romano concebido para la vida civil, el bizantino forma parte intrínseca de su propio ritual religioso. Desde la época de Constantino y por supuesto de su madre, Santa Helena, el oro se asoció al culto cristiano.  

 



Al atravesar el portal, penetrar en el interior de San Vital y contemplar los mosaicos mi ser es tocado por el mismo espíritu que sorprendió a Stendhal y a Fulcanelli, la belleza sublime nos llena de dicha.  Prodigiosos mosaicos que datan de casi mil años antes que las celebradas obras de arte del Renacimiento italiano. 

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