Cada noche la miro con disimulo mientras la oigo cantar. Mis dedos marcan el ritmo con el que mueve sus caderas y acompaña a su voz. Me sonríe y se acelera mi corazón.
Acaba la función y ella sigue siendo la Reina del salón. Acapara las miradas y las atenciones. Yo, en la distancia, permanezco en silencio, bebo ginebra e imagino ser uno de esos hombres afortunados que despierta con ella después de una apasionante noche en su alcoba.


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