miércoles, 30 de abril de 2014

WESTMINSTER ABBEY



Fundada en los tiempos de Eduardo el Confesor, desde Guillermo el Conquistador, la Abadía de Westminster o Iglesia Colegiata de San Pedro de Westminster, ha sido el lugar de coronación de los monarcas ingleses (y británicos). Uno de los centros religiosos más importantes del Reino Unido, en competencia con Canterbury.

En el 960 monjes benedictinos se establecen en la Isla de Thorney, que posteriormente se denominaría Westminster. Algunos años más tarde, concretamente el 28 de diciembre de 1065, se consagra la abadía a Eduardo el Confesor. 


The Pix Chamber, fue construida en los años inmediatamente posteriores a la llegada de los normandos y es una de las partes más antiguas de la abadía. 


El día de Navidad de 1066 se celebró la coronación de Guillermo el Conquistador, la primera de la que se tiene constancia, y que inició una sacra tradición que ha sobrevivido hasta nuestros días. 


A partir de 1245 durante el reinado de Enrique III se inicia la construcción de la iglesia actual, en estilo gótico. La reconstrucción auspiciada por este rey fue organizada como un santuario en honor al rey Eduadro el Confesor, cuyo sepulcro ocupa un destacado lugar en el altar mayor de la iglesia. 


Su interior es un enorme mausoleo donde descansan, entre reyes, nobles y reinas, algunos de los británicos más destacados de la historia en diferentes campos, como Newton, Darwin o Livingstone


La Silla de la Coronación es uno de esos objetos cargados de secular tradición, tan del gusto británico. En madera, ordenada fabricar por el rey Eduardo I hacia 1300, concebida para que contuviese la Piedra del Destino, que el propio Eduardo había robado a los escoceses en 1296. 


La Abadía se fundó en el siglo X, una época en que toda la Cristiandad reconocía la supremacía del papado de Roma. Pero en el siglo XVI todo esto cambió, Enrique VIII rompió con el Catolicismo, la Iglesia Anglicana se independizó y Westminster se convirtió en uno de sus baluartes. 

martes, 29 de abril de 2014

THE TOWER OF LONDON




A pesar de su nombre, la Torre de Londres, no se refiere a una torre o torreón, sino a una auténtica fortaleza, formada por varios recintos, y que prácticamente es una ciudad amurallada, situada en una de las orillas del Támesis, en pleno centro neurálgico del eterno Imperio Británico. Una colosal fortificación que narra la historia de Inglaterra de los últimos mil años. Un edificio impresionante que no hay que dejar de visitar.



Como tantas otras construcciones de la época, se edificó en madera, por expreso deseo de William the Conqueror, para controlar el río y la ciudad. Para finales del siglo XI la piedra había reemplazado a la madera. 



La Torre de Londres está formada por tres recintos. En el más interior, la Torre Blanca, representa la fase más temprana de construcción. Hacia el norte, este y oeste, la estructura central, erigida bajo el mandato de Ricardo I, y el recinto exterior, que abarca todo el castillo, fue construido por Eduardo I. 


La Torre en tiempos de Enrique III. En momentos de apuros los reyes solían utilizar la torre como refugio. En 1238 Enrique III se retiró aquí y viendo las defensas desfasadas del castillo ordenó construir una enorme muralla.


En 1281, Eduardo I, hijo de Enrique III, modernizó el foso, reemplazó la entrada y rodeó la muralla exterior con una nueva muralla, convirtiendo la Torre en un castillo concéntrico. 



Desde principios del siglo XIV una procesión partía desde este lugar, en dirección a la Abadía de Westminster, donde el nuevo monarca era coronada. Durante el desfile, el pueblo podía vitorear o repudiar al rey. 


A partir del siglo XII fue también utilizada como prisión para destacados personajes. 



Los vikingos, o normandos, pusieron en práctica una eficiente política de fortificaciones (otro espectacular ejemplo es el Castillo de Windsor), que se ha descrito como: "el programa más extenso y concentrado de construcción de castillos en toda la historia de la Europa Feudal". 


Byward Tower (1280) flanquea y controla el paso por una de las principales entradas de la Torre. Desde aquí comenzamos la visita.


Un doble cerco de murallas protegen el Corazón de la Torre.



Parte de la Historia de Europa Occidental durante la Edad Media se jugó entre estas murallas. Tener controlada la Torre de Londres significaba poder controlar todo el país.


La Bell Tower, construida bajo Ricardo I, se ubica muy cerca de la entrada del castillo. La campana se hacía sonar en casos de peligro: los rastrillos caían, los puentes se elevaban y las puertas quedaban cerradas.



La Torre Blanca - White Tower - que hace las funciones de Torre del Homenaje, es un auténtico castillo en sí mismo. 



Su construcción la inició William the Conqueror, y posiblemente fue terminada por sus hijos. El objetivo era asustar a los invasores que llegaban desde el río e intimidar a los londinenses recién conquistados. La torre tenía dos plantas sobre un sótano profundo y un muro central dividía cada planta en dos salas de gran tamaño. Cuatro torres cuadrangulares la rematan en sus cuatro esquinas.  La entrada se situaba bastante elevada sobre el nivel del suelo y para alcanzarla se utilizaba una escalera de madera.

Al anochecer, cuando se hizo demasiado oscuro para trabajar, toda aquella gente afanosa convergió en el gran salón de la torre del homenaje. Se encendieron velas de junco, se alimentó el fuego de las hogueras y todos los perros acudieron para resguardarse del frío. Algunos hombres y mujeres cogieron tablas y caballetes de un montón apilado en un lado del salón e instalaron mesas formando una T, colocando luego sillas en la cabecera y bancos a cada lado de la parte central. Jack nunca había visto a tantas personas trabajando juntas y quedó asombrado ante lo mucho que disfrutaban. Sonreían y reían mientras levantaban pesadas tablas exclamando ¡Arriba! y ¡Para mí, para mí!, ¡Ahora, bajadla con cuidado!. Jack envidiaba aquella camaradería y se preguntaba si algún día podría compartirla. Al cabo de un rato todo el mundo se sentó en los bancos. Uno de los sirvientes del castillo fue repartiendo grandes boles y cucharas de madera, contando en voz alta a medida que los entregaba. Luego hizo de nuevo el recorrido poniendo una gruesa rebanada de pan moreno y duro en el fondo de cada bol. Otro de los sirvientes llevó tazas de madera llenándolas de cerveza de una serie de grandes jarros. Jack, Martha y Alfred estaban sentados juntos en la parte final de la T, y cada uno de ellos recibió una taza de cerveza, por lo que no hubo motivo de pelea. Jack cogió su taza y se disponía a beber, pero su madre le dijo que esperara un momento.
Una vez escanciada la cerveza, se hizo el silencio en el salón. Jack esperaba, fascinado como siempre, a ver qué iba a ocurrir. Al cabo de un momento apareció el conde Bartholomew en el rellano de la escalera que bajaba desde su dormitorio. Descendió al salón seguido de Matthew Steward, tres o cuatro hombres bien vestidos, un muchacho y la criatura más bella que Jack jamás había visto.
No estaba seguro de si era una muchacha o una mujer. Iba vestida de blanco y su túnica tenía unas asombrosas mangas acampanadas que se arrastraban por el suelo mientras ella se deslizaba por la escalera. Su pelo era una masa de bucles oscuros enmarcándole la cara y tenía unos ojos oscuros, muy oscuros. Jack comprendió que eso era a lo que se referían las chansons cuando hablaban de una hermosa princesa de un castillo. No era de extrañar que todos los caballeros lloraran cuando la princesa moría.
Los Pilares de la Tierra. Ken Follet



La Torre Blanca contaba con estos retretes, que parecen bastante cómodos. 



Tower Hill, era un espacio abierto que separaba la torre del límite de la ciudad. Es ente lugar se llevaban a cabo las ejecuciones públicas.


Torre de Santo Tomás era la zona residencial en la Edad Media.



El Palacio Medieval. En la Torre de Santo Tomás (St. Thoma´s Tower) por la que además se accede al adarve, y que fue construida por Enrique III y su hijo Eduardo I, se construyeron los aposentos reales. Estas habitaciones sirvieron de lugar de residencia. En la actualidad podemos pasear por las estancias donde vivía Eduardo I.


Wakefield Tower (1220 - 1238) construida junto al río por Enrique III. 


En el interior de la Torre de Wakefield residió el rey Enrique III. 




La estancia contaba con una pequeña capilla privada, donde el monarca rezaba sus oraciones, y quedaba en paz con el Altísimo. 


En la planta baja, los soldados defendían los aposentos reales y la puerta de agua.



Lanthorne Tower (1220 - 1238), comunicada con la zona residencial, sirve para controlar el río, y proteger una de las zonas más vulnerables de la fortificación. 



La torre de la Sal (1230) sirvió para alejar en su interior a insignes prisioneros, como el rey escocés John Balliol, retenido aquí por Eduardo I.


La Cradle Tower (1348 - 1355), construida por Eduardo III, guardaba y protegía una de las puertas abiertas en el anillo exterior, que cercaba toda la fortaleza. Vista desde arriba parece un pequeño castillo.


Cradle Tower vista desde el exterior del recinto.


Broad Arrow Tower (1240) alojaba a la guarnición. Situada en el punto medio de la muralla oeste de la fortaleza, los soldados y ballesteros podían acudir raudos a cualquier punto donde fuesen necesarios. 



35 soldados guardaban la torre y protegían al rey. Desde este adarve podían defender la muralla y para protegerse las espaldas se colocaban mamparas de madera.


Expertos ballesteros eran sumamente eficaces en la defensa de las almenas. 



La Torre de Londres era una poderosa máquina de guerra. Su presencia ya era suficiente para disuadir a los enemigos del rey de proyectar un ataque. 


Martin Tower (1240) custodiaba en su interior las Joyas de la Corona. 



Tower Green es célebre por ser el lugar donde se dio muerte a tres reinas, dos lores y dos ladys, acusados de traición. Y el  caso es que no era este el sitio habitual para las ejecuciones, lo normal era hacerlo en Tower Hill. 


"Dulce visitante deténgase un rato, donde usted se encuentra la muerte cortó la luz de muchos días, aquí a los nombres engalanados les tajaron el fértil hilo de la vida, que en paz descansen mientras paseamos a las generaciones por sus conflictos y su coraje bajo esos agitados cielos".



La Torre de Londres también acogió durante siglos una casa de fieras, un zoológico primitivo para disfrute de reyes y nobles: monos, avestruces, serpientes, elefantes, leones e incluso un oso polar llegaron a vivir enjaulados entre rejas y muros. 



Un leyenda cuenta que el día que no haya cuervos en la Torre, caerá la monarquía inglesa. ¿Será por eso que los tienen enjaulados?. 


WESTMINSTER



En el siglo XI el rey Eduardo el Confesor refundó la Abadía, y al mismo tiempo, la ciudad de Westminster, cerca de la City de Londres, río arriba se fue convirtiendo en la residencia del poder real.

A partir de este momento, Westminster fue sustituyendo a Londres como sede del gobierno, y desde los siglos XII y XIII, Westminster se confirmó como sede permanente de la Corte, y Winchester, dejó de ser la capital del reino.

Desde la Plena Edad Media, las instituciones de gobierno, que hasta ese momento había sido itinerante, se fueron asentando en Westminster, creciendo en tamaño y haciéndose más sofisticadas. 

Westminster fue residencia regia durante la Edad Media, sede del Parlamento y lugar de coronación de monarcas, mientras que Londres era el centro principal de comercio y población. En el Salón de Westminster (aún en pie después de 900 años de uso) se reunía el Concilio Real (Curia Regis) antecedente del Parlamento. 

domingo, 27 de abril de 2014

EL BÍPEDO MISTERIOSO



Así pues, teniendo en cuenta que hay poco que puedas decir sobre la prehistoria humana que no haya alguien en algún sitio que lo discuta, aparte del hecho de que es seguro que tuvimos una, lo que creemos saber sobre quiénes somos y de dónde venimos es más o menos esto. Durante el primer 99,999 % de nuestra historia como organismos, estuvimos en la misma línea ancestral que los chimpancés." No se sabe prácticamente nada de la prehistoria de los chimpancés, pero, fuesen lo que fuesen, lo éramos nosotros. Luego, hace unos siete millones de años sucedió algo importante. Un grupo de nuevos seres salió de los bosques tropicales de África y empezó a moverse por la sabana.

Se trataba de los australopitecinos y, durante los cinco millones de años siguientes, serían la especie de homínidos dominante en el mundo. (Austral significa en latín «del sur» y no tiene ninguna relación en este contexto con Australia.) Había diversas variedades de australopitecinos, unos esbeltos y gráciles, como el niño de Taung de Raymond Dart, otros más fornidos y corpulentos, pero todos eran capaces de caminar erguidos. Algunas de estas especies vivieron durante más de un millón de años, otras durante un periodo más modesto de unos pocos cientos de miles, pero conviene no olvidar que hasta los que tuvieron menos éxito, contaron con historias mucho más prolongadas de la que hemos tenido nosotros hasta ahora. 

Los restos de homínidos más famosos del mundo son los de un australopitecino de hace 3,18 millones de años hallados en Hadar, Etiopía, en 1974, por un equipo dirigido por Donald Johanson. El esqueleto, conocido oficialmente como A. L. (Localidad de Afar) 288-1, pasó a conocerse más familiarmente como Lucy, por la canción de los Beatles «Lucy in the Sky with Diamonds». Johanson nunca ha dudado de su importancia. «Es nuestro ancestro más antiguo, el eslabón perdido entre simios y humanos »,se ha dicho. 

Lucy era pequeña, de sólo 1,05 metros de estatura. Podía caminar, aunque es motivo de cierta polémica lo bien que podía hacerlo. Es evidente que era también buena trepadora. No sabemos mucho más. No tenemos casi nada del cráneo, por lo que se puede decir poco con seguridad del tamaño de su cerebro, aunque los escasos fragmentos de que disponemos parecen indicar que era pequeño. La mayoría de los libros dicen que disponemos de un 40 % del esqueleto, pero algunos hablan de casi la mitad y uno publicado por el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York dice que disponemos de dos tercios de él. La serie de televisión de la BBC Ape Man llega a decir que se trata de «un esqueleto completo», aunque mostraba que no era así ni mucho menos. 

El cuerpo humano tiene 206 huesos, pero muchos de ellos están repetidos. Si tienes el fémur izquierdo de un espécimen, no necesitas el derecho para conocer sus dimensiones. Si prescindes de todos los huesos superfluos, el total son 122, que es lo que se llama medio esqueleto. Incluso con este criterio bastante acomodaticio, considerando el más pequeño fragmento como un hueso completo, Lucy constituye sólo el 28 % de medio esqueleto (y sólo aproximadamente el 20 % de uno entero). 

Alan Walker cuenta, en The Wisdom of the Bones [La sabiduría de los huesos], que le preguntó una vez a Johanson de dónde había sacado la cifra del 40 % y éste replicó tranquilamente que había descontado los 106 huesos de las manos y de los pies... más de la mitad del total del cuerpo, y una mitad bastante importante, además, sin lugar a dudas, ya que el principal atributo definitorio de Lucy era el uso de manos y pies para lidiar con un mundo cambiante. Lo cierto es que se sabe de Lucy bastante menos de lo que generalmente se supone. Ni siquiera se sabe en realidad si era una hembra. Su sexo es una suposición basada en su diminuto tamaño. 

Dos años después del descubrimiento de Lucy, Mary Leakey encontró en Laetoli, Tanzania, las huellas dejadas por dos individuos de (se supone) la misma familia de homínidos. Las huellas las habían dejado dos australopitecinos que habían caminado sobre ceniza cenagosa tras una erupción volcánica. La ceniza se había endurecido más tarde, conservando las impresiones de sus pies a lo largo de unos 2.3 metros. 

El Museo Americano de Historia Natural de Nueva York tiene un fascinante diorama que reseña el momento del paso de las dos criaturas por la ceniza cenagosa. Aparecen en él reproducciones de tamaño natural de un macho y una hembra caminando, uno al lado del otro, por la antigua llanura africana. Son peludos, parecidos a chimpancés en las dimensiones, pero tienen un porte y un paso que sugieren la condición humana. El rasgo más sorprendente es que el macho tiene echado el brazo izquierdo protectoramente sobre los hombros de la hembra. Es un gesto tierno y afectuoso, que sugiere un estrecho vínculo. 

Este cuadro vivo se representa con tal convicción que es fácil no acordarse de que prácticamente todo lo que hay por encima de las pisadas es imaginario. Casi todos los aspectos externos de los dos personajes, la densidad del vello, los apéndices faciales (si tenían narices humanas o de chimpancés), las expresiones, el color de la piel, el tamaño y la forma de los pechos de la hembra, son inevitablemente hipotéticos. Ni siquiera podemos saber si eran una pareja. El personaje femenino podría haber sido, en realidad, un niño. Tampoco podemos estar seguros de que fuesen australopitecinos. Se supone que lo son porque no hay ningún otro candidato conocido. Me habían dicho que se les representó así porque, durante la elaboración del diorama, el personaje femenino no hacía más que caerse, pero Ian Tattersall insistió con una carcajada en que esa historia es falsa. 

Es evidente que no sabemos si el macho le tenía el brazo echado por encima del hombro a la hembra o no, pero sabemos, por las mediciones del paso, que caminaban uno al lado del otro y muy juntos... lo suficiente para que estuvieran tocándose. Era una zona bastante expuesta, así que es probable que se sintieran vulnerables. Por eso procuramos que tuvieran expresiones que reflejasen cierta preocupación. 

Le pregunté si le preocupaba a él lo de que se hubiesen tomado tantas libertades en la reconstrucción de los personajes. Hacer reproducciones es siempre un problema —aceptó sin reparos—. No te haces idea de lo que hay que discutir para llegar a decidir detalles como si los neandertales tenían cejas o no las tenían. Y lo mismo pasó con las imágenes de Laetoli. La cuestión es que no podemos conocer los detalles de su apariencia, pero podemos transmitir su talla y su porte. Si tuviese que hacerlo otra vez, creo que tal vez los habría hecho un poquito más simios y menos humanos. Esas criaturas no eran humanas. Eran simios bípedos. 

Hasta hace muy poco se consideraba que éramos descendientes de Lucy y de las criaturas de Laetoli, pero ahora muchas autoridades en la materia no están tan seguras. Aunque ciertos rasgos físicos (por ejemplo, los dientes) sugieran un posible vínculo entre nosotros, otras partes de la anatomía de los australopitecinos son más problemáticas. Tattersall y Schwartz señalan en su libro Extinct Humans [Humanos extintos] que la porción superior del fémur humano es muy parecida a la de los monos, pero no es como la de los australopitecinos; así que, si está en una línea directa entre los monos y los humanos modernos, eso significa que debemos de haber adoptado un fémur de australopitecino durante un millón de años o así y que, luego, volvimos a un fémur de simio al pasar a la fase siguiente de nuestro desarrollo. No sólo creen que Lucy no fue antepasada nuestra, sino que ni siquiera caminaba demasiado bien. —Lucy y su género no tenían una locomoción que se pareciese en nada a la forma humana moderna —insiste Tattersall—. Esos homínidos sólo caminaban como bípedos cuando tenían que desplazarse entre un hábitat arbóreo y otro, viéndose «forzados» a hacerlo por su propia anatomía.

Johanson no acepta esto. «Las caderas de Lucy y la disposición de los músculos de su pelvis —ha escrito— le habrían hecho tan difícil trepar a los árboles como lo es para los humanos modernos.» La confusión aumentó aún más en los años 2.001 y 2002 en que se hallaron unos especímenes nuevos y excepcionales. Uno de ellos, descubierto por Meave Leakey, de la famosa familia de buscadores de fósiles, en el lago Turkana, en Kenia, recibió el nombre de Kenyanthropus platyops («hombre de Kenia de rostro-plano» ), es aproximadamente de la misma época que Lucy y se plantea la posibilidad de que fuese ancestro nuestro y Lucy sólo una rama lateral fallida. También se encontraron en 2001 Ardipithecus ramidus kadabba, al que se atribuye una antigüedad de entre 5,2 y 5,8 millones de años y Onorin turegensis, al que se le atribuyeron 6 millones de años, con lo que se convirtió en el homínido más antiguo... aunque lo sería por poco tiempo. En el verano de 2002, un equipo francés que trabajaba en el desierto de Djurab, en el Chad (una zona que no había proporcionado nunca huesos antiguos), halló un homínido de casi siete millones de años de antigüedad, al que llamaron Sahelanthropus tchadensis. (Algunos críticos creen que no era humano sino un mono primitivo y, que por ello, debería llamarse Sahelpithecus.) Se trataba, en todos los casos, de criaturas antiguas y muy primitivas, pero caminaban erguidas y lo hacían mucho antes de lo que anteriormente se pensaba. 

El bipedalismo es una estrategia exigente y arriesgada. Significa modificar la pelvis, convirtiéndola en un instrumento capaz de soportar toda la carga. Para preservar la fuerza necesaria, el canal del nacimiento de la hembra ha de ser relativamente estrecho. Eso tiene dos consecuencias inmediatas, muy importantes, y otra a largo plazo. Significa en primer lugar mucho dolor para cualquier madre que dé a luz y un peligro mucho mayor de muerte, tanto para la madre como para el niño. Además, para que la cabeza del bebé pueda pasar por un espacio tan pequeño, tiene que nacer cuando el cerebro es aún pequeño y, por tanto, mientras el bebé es aún un ser desvalido. Eso significa que hay que cuidarlo durante mucho tiempo, lo que exige a su vez un sólido vínculo varón-hembra. Todo esto resulta bastante problemático cuando eres el dueño intelectual del planeta, pero, cuando eres un a ustralopitecino pequeño y vulnerable, con un cerebro del tamaño de una naranja, el riesgo debe de haber sido enorme. 

¿Por qué, pues, Lucy y los de su género bajaron de los árboles y salieron del bosque? Probablemente no tuviesen otra elección. El lento afloramiento del istmo de Panamá había cortado el flujo de las aguas del Pacífico al Atlántico, desviando las corrientes cálidas del Ártico y haciendo que se iniciase un periodo glacial extremadamente intenso en las latitudes septentrionales. Esto habría producido en África una sequía y un frío estacionales que habría ido convirtiendo gradualmente la selva en sabana. «No se trató tanto de que Lucy y los suyos quisieran abandonar los bosques —ha escrito John Gribbin—, como de que los bosques los abandonaron a ellos.» 

Pero salir a la sabana despejada de árboles dejó también claramente mucho más expuestos a los homínidos. Un homínido en posición erguida podía ver mejor, pero también se le podía ver mejor a él. Ahora, incluso, somos una especie casi ridículamente vulnerable en campo abierto. Casi todos los animales grandes que puedas mencionar son más fuertes, más rápidos y tienen mejores dientes que nosotros. El hombre moderno sólo tiene dos ventajas en caso de ataque. Un buen cerebro, con el que podemos idear estrategias, y las manos, con las que podemos tirar o blandir objetos que hagan daño. Somos la única criatura capaz de hacer daño a distancia. Podemos permitirnos por ello ser físicamente vulnerables. 

Da la impresión de que todos los elementos hubiesen estado dispuestos para la rápida evolución de un cerebro potente y, sin embargo, no parece haber sucedido así. Durante más de tres millones de años, Lucy y sus compañeros australopitecinos apenas cambiaron. Su cerebro no aumentó de tamaño y no hay indicio alguno de que se valiesen ni siquiera de los útiles más simples. Y lo que resulta más extraño aún es que sabemos ahora que, durante aproximadamente un millón de años, vivieron a su lado otros homínidos primitivos que utilizaban herramientas, pero los australopitecinos nunca sacaron provecho de esa tecnología tan útil que estaba presente en su medio.

En un momento concreto situado entre hace tres y dos millones de años, parece haber habido hasta seis tipos de homínidos coexistiendo en África. Pero sólo uno estaba destinado a perdurar: Homo, que emergió de las brumas hace unos dos millones de años. Nadie sabe exactamente qué relaciones había entre los australopitecinos y Homo, pero lo que sí se sabe es que coexistieron algo más de un millón de años, hasta que todos los australopitecinos, los robustos y los gráciles, se esfumaron misteriosa y puede que bruscamente hace más de un millón de años. Nadie sabe por qué desaparecieron. «Tal vez nos los comiésemos», sugiere Matt Ridley.

La línea Homo se inicia convencionalmente con Homo habilis, una criatura sobre la que no sabemos casi nada, y concluye con nosotros, Homo sapiens (literalmente «hombre que sabe»). En medio, y dependiendo de las opiniones que tengas en cuenta, ha habido media docena de otras especies de Homo: ergaster, neanderthalensis, rudolfensis, heidelbergensis, erectus y antecessor. Homo habilis («hombre hábil») es una denominación que introdujeron Louis Leakey y sus colegas en 1964, por tratarse del primer homínido que utilizaba herramientas, aunque muy simples. Era una criatura bastante primitiva, con mucho más de chimpancé que de humano, pero con un cerebro un 5o % mayor que el de Lucy en términos absolutos y no mucho menos grande proporcionalmente, por lo que era el Einstein de su época. Aún no se ha aducido ninguna razón persuasiva que explique por qué los cerebros humanos empezaron a crecer hace dos millones de años. Se consideró durante mucho tiempo que había una relación directa entre los grandes cerebros y el bipedalismo (que el abandono de los bosques exigía astutas y nuevas estrategias que alimentaron o estimularon el desarrollo cerebral), así que constituyó toda una sorpresa, después de los repetidos descubrimientos de tantos zoquetes bípedos, comprobar que no había absolutamente ninguna conexión apreciable entre ambas cosas. —No hay sencillamente, que sepamos, ninguna razón convincente que explique por qué los cerebros humanos se hicieron grandes —dice Tattersall. 

Un cerebro enorme es un órgano exigente: constituye sólo el 2 % de la masa corporal, pero devora el 20 % de su energía." Si no volvieses a comer nunca otro bocado de grasa, tu cerebro no se quejaría porque no toca la grasa. Lo que quiere es glucosa, y en grandes cantidades, aunque eso signifique una injusticia para otros órganos. Como dice Guy Brown: «El cuerpo corre constantemente el peligro de que lo consuma un cerebro ávido» pero no puede permitirse dejar que el cerebro pase hambre porque eso lleva enseguida a la muerte». Un cerebro grande necesita más alimento y más alimento significa un mayor peligro. Tattersall cree que la aparición de un cerebro grande puede haber sido simplemente un accidente evolutivo. Piensa, como Stephen Jay Gould, que si hicieses volver atrás la cinta de la vida (incluso si la hicieses retroceder sólo un poco, hasta la aparición de los homínidos) hay «muy pocas» posibilidades de que hubiese aquí y ahora humanos modernos ni nada que se les pareciese. 

«Una de las ideas que más les cuesta aceptar a los seres humanos —dice Jay Gould— es que no seamos la culminación de algo. No hay nada inevitable en el hecho de que estemos aquí. Es parte de nuestra vanidad como humanos que tendamos a concebir la evolución como un proceso que estaba, en realidad, programado para producirnos. Hasta los antropólogos tendían a pensar así hasta la década de 1970.» De hecho, en una fecha tan reciente como 1991, C. Loring Brace se aferraba tozudamente en el texto divulgativo Los estadios de la evolución humana a la concepción lineal, aceptando sólo un callejón sin salida evolutivo, los australopitecinos robustos. Todo lo demás constituía una progresión en línea recta, en la que cada especie de homínido iba portando el testigo de la evolución un trecho y se lo pasaba luego a un corredor más joven y fresco. Ahora, sin embargo, parece seguro que muchas de esas primeras formas siguieron senderos laterales que no llevaban a ningún sitio. 

Por suerte para nosotros, una acertó, un grupo de usuarios de herramientas que pareció surgir de la nada y coincidió con el impreciso y muy discutido Homo habilis. Se trata de Homo erectus, la especie que descubrió Eugéne Dubois en Java en 1891. Vivió, según la fuente que se consulte, entre hace aproximadamente 1,8 millones de años y una fecha tan reciente como 20.000 años atrás. 

Según los autores de Java Man, Homo erectus es la línea divisoria: todo lo que llegó antes que él era de carácter simiesco; todo lo que llegó después de él era de carácter humano. Homo erectus fue el primero que cazó, el primero que utilizó el fuego, el primero que fabricó utensilios complejos, el primero que dejó pruebas de campamentos, el primero que se cuidó de los débiles y frágiles. Comparado con todos los que lo habían precedido, esa especie era extremadamente humana tanto en la forma como en el comportamiento, sus miembros tenían largas extremidades y eran delgados, muy fuertes (mucho más que los humanos modernos) y poseían el empuje y la inteligencia necesarios para expandirse con éxito por regiones enormes. Debían de parecer a los otros homínidos aterradoramente grandes, vigorosos, veloces y dotados. Su cerebro era muchísimo más refinado que todo lo que el mundo había visto hasta entonces. 

Erectus era «el velocirraptor de su época », según Alan Walker, de la Universidad de Penn State, una de las primeras autoridades del mundo en este campo. Si le mirase a uno a los ojos, podría parecer superficialmente humano, pero «no conectarías: serías una presa ». Según Walker, tenía el cuerpo de un humano adulto pero el cerebro de un bebé. 

Aunque Homo erectus ya era conocido desde hace casi un siglo lo era sólo por fragmentos dispersos, insuficientes para aproximarse siquiera a poder construir un esqueleto entero. Así que su importancia (o su posible importancia al menos) como precursor de los humanos modernos no pudo apreciarse hasta que no se efectuó un descubrimiento extraordinario en África en los años ochenta. El remoto valle del lago Turkana (antiguamente lago Rodolfo) de Kenia es uno de los yacimientos de restos humanos primitivos más productivos del mundo, pero durante muchísimo tiempo nadie había pensado en mirar allí. Richard Leakey se dio cuenta de que podría ser un lugar más prometedor de lo que se había pensado, porque iba en un vuelo que se desvió y pasó por encima del valle. Se envió un equipo a investigar y al principio no encontró nada. Un buen día, al final de la tarde, Kamoya Kimeu, el buscador de fósiles más renombrado de Leakey, encontró una pequeña pieza de frente de homínido en una colina a bastante distancia del lago. No era probable que aquel lugar concreto proporcionase mucho, pero cavaron de todos modos por respeto a los instintos de Kimeu y se quedaron asombrados cuando encontraron un esqueleto casi completo de Homo erectus. Era de un niño de entre nueve y doce años que había muerto 1,54 millones de años atrás. El esqueleto tenía «una estructura corporal completamente moderna», dice Tattersall, lo que en cierto modo no tenía precedente. El niño de Turkana era «muy enfáticamente uno de nosotros».

Kimeu encontró también en el lago Turkana a KNM-EP, 8o8, una hembra de 1,7 millones de años de antigüedad, lo que dio a los científicos su primera clave de que Homo erectus era más interesante y complejo de lo que se había pensado anteriormente. Los huesos de la mujer estaban deformados y cubiertos de toscos bultos, consecuencia de un mal torturante llamado hipervitaminosis A, que sólo podía deberse a haber comido el hígado de un carnívoro. Esto nos indicaba, en primer lugar, que Homo erectus comía carne. Era aún más sorprendente el hecho de que la cantidad de bultos indicase que llevaba semanas o incluso meses viviendo con la enfermedad. Alguien había cuidado de ella. Era el primer indicio de ternura en la evolución homínida. 

Se descubrió también que en los cráneos de Homo erectus había (o, en opinión de algunos, posiblemente había) un área de Broca, una región del lóbulo frontal del cerebro relacionada con el lenguaje. Los chimpancés no tienen esa característica. Alan Walker considera que el canal espinal no tenía el tamaño y la complejidad necesarios para permitir el habla, lo más probable era que Homo erectus se hubiese comunicado más o menos del modo en que lo hacen los chimpancés modernos. Otros, especialmente Richard Leakey, están convencidos de que podían hablar. 

Parece ser que, durante un tiempo, Homo erectus fue la única especie homínida. Se trataba de unas criaturas con un espíritu aventurero sin precedentes que se esparcieron por el globo aparentemente con lo que parece haber sido una rapidez pasmosa. El testimonio fósil, si se interpreta literalmente, indica que algunos miembros de la especie llegaron a Java al mismo tiempo que dejaban África, o incluso un poco antes. Esto ha llevado a algunos científicos optimistas a decir que tal vez el hombre moderno no surgió ni mucho menos en África, sino en Asia... lo que sería notable, por no decir milagroso, pues nunca se ha hallado ninguna especie precursora posible nunca fuera de África. Los homínidos asiáticos habrían tenido que aparecer por generación espontánea, como si dijésemos. Y de todos modos, un inicio asiático no haría más que invertir el problema de su expansión; aún habría que explicar cómo la gente de Java llegó luego tan deprisa a África. 

Hay varias alternativas más plausibles para explicar cómo Homo erectus se las arregló para aparecer tan pronto en Asia después de su primera aparición en África. En primer lugar, hay sus más y sus menos en la datación de restos humanos primitivos. Si la antigüedad real de los huesos africanos es el extremo más elevado del ámbito de estimaciones o la de los de Java el extremo más bajo, habría habido tiempo de sobra para qué el Homo erectus africano pudiese llegar hasta Asia. Es también muy posible que aún puedan descubrirse huesos de Homo erectus más antiguos en África. Además, las fechas de Java podrían ser completamente erróneas. 

Lo que es seguro es que en un momento de hace bastante más de un millón de años, algunos seres nuevos, relativamente modernos y que caminaban erguidos abandonaron África y se esparcieron audazmente por gran parte del globo. Es posible que lo hiciesen muy deprisa, aumentando su ámbito de ocupación hasta 40 kilómetros al año como media, todo ello teniendo que salvar cadenas de montañas, ríos, desiertos y otros obstáculos y que adaptarse a diferencias de clima y de fuentes de alimentación. Es especialmente misterioso cómo pasaron por la orilla occidental del mar Rojo, una zona famosa por su terrible aridez hoy, pero aún más seca en el pasado. Es una curiosa ironía que las condiciones que les impulsaron a dejar África hiciesen que les resultase mucho más difícil hacerlo. Pero lo cierto es que consiguieron dar con una ruta que les permitió sortear todos los obstáculos y poder prosperar en las tierras que había más allá. Y me temo que es ahí donde se acaban las coincidencias. Lo que pasó después en la historia del desarrollo humano es tema de largo y rencoroso debate, como veremos en el capítulo siguiente. 

Pero, antes de continuar, conviene que recordemos que todos esos tejemanejes evolutivos, a lo largo de 5.000 millones de años, desde el lejano y desconcertado australopitecino al humano plenamente moderno, produjeron una criatura que aún es genéticamente indiferenciable en un 98,4 % del chimpancé moderno. Hay más diferencias entre una cebra y un caballo, o entre un delfín y una marsopa, que la que hay entre tú y las criaturas peludas que dejaron atrás tus lejanos ancestros cuando se disponían a apoderarse del mundo.
Bill Bryson
Una breve historia de casi todo

sábado, 26 de abril de 2014

OLD LONDON BRIDGE



En el lugar donde el Puente de Londres cruza el río Támesis, lleva existiendo un puente durante dos milenios. El primero de estos puentes, construido en madera, fue obra de los romanos, allá por el año 46 d.C. Uno de estos puentes romanos fue destruido durante la rebelión encabezada por Boudicca, la reina de los Icenios. El puente fue reconstruido, y tras la retirada de los romanos de Britania, dejó de ser utilizado.


El puente fue destruido durante las incursiones normandas, reconstruido, y vuelto a destruir por una tormenta en 1091 y por el fuego en 1136.


Después de ser pasto de las llamas, el encargado del mantenimiento, Peter de Colechuch, propuso sustituir la madera para la piedra, con la idea de hacerlo permanente y más duradero. El nuevo puente se inicio bajo el reinado de Enrique II y se tardó 33 años en completarlo. 


El nuevo puente comenzó a llenarse de casas y tiendas, convirtiéndose en una especie de barrio flotante. El miedo y los rumores sobre la existencia de espíritus y fantasmas, determinó la edificación de una capilla, aproximadamente a mitad del puente, con el fin de purificar el lugar.

Unos 200 comercios se apilaban a ambos lados, con enormes ventanales para ofrecer sus mercancías a los viandantes. En ocasiones se podía tardar una hora en llegar de una orilla a otra.


En 1450 durante la revuelta acaudillada por Jack Cade el puente se convirtió en el improvisado escenario de una batalla campal.


Y la parte sur del puente se convirtió en la imagen más macabra, y conocida, del Londres medieval. Las cabezas de los traidores ejecutados lucían empaladas en picas, después de haber sido cubiertas de alquitrán para preservarlas más tiempo, y que el impacto psicológico y visual fuese más duradero. La cabeza de William Wallace fue la primera en ser colocada, iniciando una larga tradición a la que se unieron el propio Jack Cade, Tomás Moro u Oliver Cronwell.